El Premio Mayor




I



Llega exacto. Nunca un minuto mas, nunca un minuto menos. 8 en punto y ya se encuentra sentado frente a su computador. Suelta al maletín debajo del escritorio, se sienta mientras cierra los ojos; baja su mano un poco para acomodar la altura, respira y abre a la realidad. Has ganado. Esta inscrito en un postick lamido en su pantalla. Con esa noticia lo recibieron en la oficina. No cabía mejor mensaje para empezar el día que aquella victoria desconocida. Sin saber que ni por que, una desconocida e incontrolable felicidad lo inundó (y eso lo molestó un poco) pues el solo hecho de ganar algo en la vida, era un sentir totalmente nuevo. Sus compañeros del área se pararon educadamente y en fila fueron abrazándole para transmitirle su hipócrita felicitación, ya que hasta ese día, nadie de sus compañeros ha ganado algo en la vida. Marque a este numero. Descolgó el teléfono y marco ordenadamente los dígitos. Tomo el tercer botón descendiente con la yema y lo rodeo nerviosamente. Lo han citado para hablar con un hombre de porte con corbata verde. Después del alboroto, todos volvieron al trabajo.




II



Se sentaron en una oficina con paredes color marrón. El agua permanecía tibia, inmóvil, el la mira como si fuera un niño que yace sin vida, cuando unas burbujas escapando por su vida adentro del garrafón, lo devuelven al episodio real de la oficina. Había en la espacio una decoración, digamos excesiva, y no me concentraré en el enorme tapete que cubre el piso de la oficina, con ese estampado de ranas saltando sin parar de un nenúfar al otro, dándole a él un sentir divino, como si caminara sobre un pantano del Mississippi. Era mas la atención en los objetos, los que toman realmente el espacio dentro. Había una predominancia hacia las especies del reino vegetal, un árbol de yucateco en la entrada, un jarrón rosado con un par de girasoles, una enredadera en la pared que custodiaba al garrafón, un bambú justo a lado de un calendario fotográfico. Es agosto y hay un espeso bosque nórdico nevado. Al acercarse se cercioraron con el tacto que las plantas eran falsas en su totalidad. Naturaleza sintética. Justo en ese momento, del baño se deslizó un hombre portando un saco a cuadros de lana, cabello corto perfectamente peinado y como bien lo dije, portando una corbata verde pistache.



Ustedes han ganado. Levanta su mano para felicitar la mano de la señora, acto seguido pasa su mano ala del señor, que aun sin saber la ganancia, sonreían estúpidamente. El hombre con saco de lana y corbata color verde pistache también sonreía. Pero el tenia una dentadura gloriosa, con aquellos dientes perfectos y relucientes. Eran impresionantemente blancos. Transmitían paz y armonía.



Han preguntado que han ganado. El hombre los mira sin pestañear, se acerca un poco con un ojo mas abierto que el otro, con toda intención de encontrarles el alma detrás de sus miradas, o en un claro intento de artificialmente sumergir al ambiente en suspenso. Espera todavía unos segundos mas cuando finalmente lo escupe: una casa totalmente alfombrada. O el gran asombro con lo que la pareja recibe la noticia. Después de tantos años de trabajo, de accidentes y pocos viajes sin mucha emoción, de una vida de lealtad a la rutina, esto venia a comprobar la eficiencia del sistema, darles un empujón para continuar , era un gran moño que valía la pena desatar.



El hombre de corbata abrió un cajón de su escritorio. De adentro saco un llavero con mas de 50 llaves entre plateadas y doradas. Fue moviendo una por una, con el tin tin que hacia mientras chocaban mirando detenidamente sobre ellas para reconocer la buscada, hasta que después de 17 intentos, toma una llave y la desliza fuera del anillo que la contenía, inserta la llave en un llavero con un pedazo de alfombra, para luego entregarla a la pareja, y con esa enorme sonrisa tan hermosa, los besa en la frente.



III



Abedules numero 635. Esa era la casa. Era una casa en una calle bonita, con sus banquetas anchas, con sus vecinos de césped recortado, y con aquella bella tradición de honrar al nombre de la calle con una arboleda de abedules en cada casa. Se extrañan aquellos tiempos en que el nombre de las calles era un titulo de posesión, cuando en la calle de Unicornio podías legítimamente encontrar a la señora de la esquina criando esos bellos especimenes, que en Madereros el sindicato del oficio se presumiera por su tallado en palo fierro y madera de pino salado. Solo que aquella individualidad se ha sacrificado por un terreno donde casas iguales hospedan gente parecida.



Pero esta casa era de otra cara, se presumía con una puerta hermosa, con un pequeño cuadro de césped falso y un árbol mediano de abedul. No creo poder describir la felicidad que tenia esa pareja. Bien podría resumirlo como apabullante. Ingresaron la llave al cerrojo, notando la suavidad con la que la llave entraba y abrieron la puerta.



Al entrar por el pasillo principal, ese par doble de ojos quedaron anonadados, no dejaban de invadir las paredes, el techo, el candelabro flotante, los sillones color beige con patas de madera. Aquel sueño era exhalado en sus bocas abiertas de caimán del Nilo, pues, esos dos literalmente habían ahorrado tanto que nunca de los nuncas habían realizado en darse estos lujos que consideraban banales e innecesarios. Cierto es que en las tardes él, mientras leía el periódico de ayer, sentía un pinchazo del alambra retorcido que sostiene su trasero, y la ve a ella, sentada inmersa el en televisor: un televisor que no mira mas que de un canal donde repiten las telenovelas de principios de los noventas. Es solo en aquel instante, que el desearía un sillón nuevo, así como ella, un televisor con miles de canales de donde escoger.



Por ello aquel silente instante no necesitaban de mas para expresar su júbilo. Así en completo silencio era el momento supremo de una pareja en éxtasis. Ella fue la primera en caminar por el comedor; su suave paso por un piso realmente alfombrado abrigado con un hermoso ritmo de garigoles que continuaban en un baile hasta el sin fin de las habitaciones. Sus dedos comenzaron a deslizarse por el respaldo de la silla, la blandura del frote, un poco seca y amarga, pero un sentir nunca experimentado para el tacto de las yemas de sus dedos.



El yacía inmóvil, aun en la entrada del hogar, pensativo, había encontrado después del fulgor un algo particular en la casa, fuera de lugar, algo que a la vista todavía no era capaz de notar. Era parte de esa desconfianza ganada a través de los años, desconfianza incluso y primordialmente en todo lo bueno y hermoso que se presentará frente a él. Su esposa se alejaba sin apenas realizar al mundo en que se encontrada, sin nunca separar sus dedos de todo lo que tentaba, lo brincó de la silla hasta el comedor, hasta el cesto de mimbre con fruta, pasando de cosa en cosa como si entre ellos hubiera un puente que los uniera. Pero el ya estaba perplejo con el acto de descubrir, desmembrando el misterio que se escondía en alguno de los cuartos de la residencia. Una húmeda fragancia lo seduce, camina frente a un televisor sin vida, da dos pasos mas y se acerca a la pared, se encuentra frente a ella, irrumpe su nariz hasta alcanzar a robarle su hedor. Pequeños filamentos le consquillean la punta de la nariz; lo desconciertan. Con su ojo izquierdo alcanza a notar que la punta de su corbata levitaba hacia la pared. Baja su mirada para enfocar y notar que, si, efectivamente su corbata flotaba hasta la pared.



Los ojos se le abrieron, la pupila se dilató y un agudo sonido empezó a emanar desde sus entrañas . La estupefacción de aquella osadía al orden físico solo se interrumpió con el grito de su esposa. Volteó preocupado hacia el marco que daba a la cocina, y en cuatros rápidos pasos atravesó el cuarto hasta donde vio un vaso rodar y detenerse en su zapato. Ella tenia las manos cubriéndole la cara, con una cara que nunca habíamos visto, era un pavor, un desconsuelo que separaba los ojos de la boca hasta el limite de sus posibilidades. El sonido del refrigerador aturdía al espacio, mientras una luz azulosa escapaba de sus fauces iluminando la cara a la señora, que ahora había convenido en un ligero pero prolongado silbido, como si le apretaran los bronquios, aumentando la tétrica masa sonora del acto.



Es el ruido de la maquina de hielo que continua prendida la que domina. Por ello el vaso estático que esperaba ilusamente rellenarse de agua. Mientras esa idea queda olvidada, es el grito de la hielera el que lo forza a temer lo peor, el camino a la respuesta que ahora se presentaba cínicamente frente a la pareja. Su esposa se tapa la cara como si presenciara una imagen demoníaca, victima inocente de un trauma que le dobla sus piernas y hace caer a un estado fetal. La maquina sigue escupiendo sin educación, mientras el se acerca lentamente, aturdido con tantos ruidos en el ambiente. Cuando se acerca nota los pequeños pedazos que vuelan de la boca del congelador. Levanta la mano hasta interrumpir la caída de los pedazos, y esperar que uno aterrice en su palmo. Cae uno, otro, tres, un cuarto, llega el quinta, sexto, un séptimo. Era un fresco sentir, pero nunca el arder del hielo, era gentil, era suave como pétalos de una flor. Y aunque la recepción sensorial pondría a muchos en un nivel de paz mental, la difamación del momento empezaba a crear una maldita colisión de realidades. Acerco su mano hasta unas cuantas pulgadas de sus ojos. Lo que por hielo había eran solo cuadros de alfombra. Cuando en el refrigerador, la historia comenzaba a escribirse, con una barra de mantequilla, un galón de leche, un pastel inscrito con: Felicidades. La maldición se había completado, era, si, todo eso era, un ente forrado de alfombra.



El voltea lentamente para percatarse de todo lo que le rodeaba. La orilla de la barra donde comerían sus nietos, el horno donde su esposa cocinaría un suculento pavo de gracia, el lavabo donde los platos se apilarían el fin de semana hasta la llegada de un lunes de trabajo doméstico. Era un repaso lento, tan lento como la maldita confesión frente a él, en la felpa que brillaba cuando el rayo de luz cruzaba por la puerta trasera. Que el abanico revolvía las pelusas que bailaban celebrando una victoria sin casualidades. Era inútil no entender, el llanto sin salida de la mujer, absorbida por la peor broma en la que había estado, sintiendo en el suave sentir de la pared la burla de su público, y eso la hacía llorar todavía mas, gritar hasta desahuciarse, ya no le importa, preferiría dejarse morir antes de vivir en una casa así, una casa donde no será ella quien la habite, sino toda esta tela que la gobierna. Al momento su hombre intenta levantarla, pero una fuerte chispa arde entre sus pieles. La estática creada ahora les prohibía contacto alguno. Ella lo mira desde el suelo. Sus ojos reventados, desconsolada, el sin una respuesta ni palabra que pueda alentarla. La realidad es esta, esta es su nuevo hogar. Se tira de rodillas hasta el piso alfombrado, su mirada ya no le oculta la realidad en el brillo felposo de los focos, en aquel forro en candelabro, en los libros sobre el tema esperando sobre la repisa. Habría para ellos mejor tomar las cosas con la mejor cara, que no hay mal que por bien no venga. Si, definitivamente no volverán a aquella vida monótona, sino eran atajados como una rareza en la cuadra, la gente los mirara con asombro, la de los viejos de felpa, famosos cuando olviden el tocarse por el dolor eléctrico que se causan, y terminaran sus dias como ancianos, comiendo huevos alfombrados con un forro de leche. Y todo esto por un premio que ansiaban canjear, sin nunca preguntar de donde vino, ni la razón de él sin tener acaso un boletillo que lo justificara, mientras en alguna oficina móvil de la ciudad, un hombre ensancha su sonrisa y ríe, dejando a su paso un brillo hermoso, con solo imaginar la cara que pusieron sus victimas.

Fiebre de las Montañas Rocosas


En medio de una desesperación que me invade la carne, encuentro un escondite entre las paredes de una casa abandonada. Un triplay desquebrajado abre un gruta de nieve seca por donde me escurro a la sombra. Mi respiración se acelera como si presintiera lo peor. La mente no termina de pensar en todo, se englotona en las memorias, los mezcla, se conforma en un grueso nudo sin inicio ni final. La maraña de recuerdos desde el machete que se deslizó entre las vértebras de la nuca del Chumin, la cara de pánico que se pausa en un lento letargo, los gritos de pavor, la carrera sin meta, las alarmas de la ciudad, los hombres de plástico. Siento como mi corazón me golpea en su palpitar, bañado en miedo me pregunto por mis compañeros, le perdí el paso al Chori y Camila, no podía parar, ¡¿donde estarán?! Me desbarato en un desconsuelo con frías gotas que bajan pecho tierra sobre mi piel, con los ojos como centinelas alertadas por una sirena de guerra. No puedo pensar bien, no entiendo bien los sucesos, acobijado por el miedo, me aprieto mas a mi escondite.


Unos ruidos se acercan caminando por la acera. Pasos entre cortados flotando hacia mi, retumbando sin pudor sobre mi tímpano, un ritmo marcado que me encuentra en un escondite que pensaba era inencontrable. Maldigo los ruidos, la malicia del sonido sin cara, pues cuando peligras, parece como si supieran todo de ti, como si pudieran oler mi miedo debajo de la nieve, cantando líricas diabólicas para que el miedo haga mi corazón retumbar mas fuerte que un cañón en guerra. Un verdugo que arrastra su guillotina oxidada creando chispas que anhelan incendiarme; se acerca lentamente hasta quedar al otro lado del triplay, exhalando un cálido tufo azufroso como del esófago de Satanás. Un corte exacto en la yugular para que chorree mi oscura sangre sobre el filo del oxido, el sacrificio que necesita para devolverlo a la vida, como el dragón que resurge de entre las cenizas de acero para devorar la ofrenda en su tributo. Pero nada de eso pasa, se escucha un cigarrillo encenderse para luego continuar su paso hasta desaparecer al oriente. Poco dura la paz cuando se inunda el ambiente de una carencia de ruidos. Tan hélido es el ambiente mudo, que a falta de ruidos me carcome el silencio. Peor se vuelve la estancia en silencio que parecen esos últimos segundos que prometen una terrible explosión. Me empieza a devorar la nada, el aire fresco de la noche le devuelve la palidez perdida de la nieve seca.


Siempre esta esa constante posibilidad, que de un segundo a otro puede cambiar radicalmente el ambiente que te rodea . Así de intempestivo es la invisible naturaleza del orden, que la sorpresa te somete. Un día, una mañana cualquiera están todos realizando sus actos de rutina, el olor a césped recién cortado, a ras como corte militar que deja la maquina de la familia Gaxiola, la reunión debajo del pino salado, la sombra que alumbra la frescura que busca opacar un mediodía de verano. Las largas e interminables persecuciones a las sombras circulares de caucho dejando su estela de polvo. Los dias normales, donde la gente hace lo mismo, repiten actos como en una obra de teatro bien practicada. Nosotros los miramos desde la esquina, sin prejuiciar, solo olemos sus vidas en la lejanía; nos miran como incitándonos a participar en su aburrido ritual, pero debajo del pino salado la vida no es mala. Los jóvenes del barrio se nos acercan y accedemos a jugar un poco, divertidas persecuciones en la calle, un balón con los parches desgajados que rueda de un lado al otro, del pie que lo patea a la corretiza que lo persigue.


Tampoco es que me sorprendan los cambios abruptos, que en estas colonias polvorientas las cosas se van tal cual la arena que se lleva el viento del desierto. Hombres flacos que reparten golosinas a los desesperados. Los calmantes que los dejan deambulando sin sombras, sin ojos ni mente que los cuide de su enfermedad. La siempre nave de metal que con laseres bicolores levanta a esos que aparecen y desaparecen como fantasmas. No me sorprende ver que llegan y se van, aquellos que también son malos con nosotros, que en su demoníaca posesión llegan a golpearnos sin tener una razón. Pues en el mundo hay seres que sobreviven del dolor ajeno, y esa es la razón por la que viven.


Pero de eso a que nosotros seamos causantes de dolor, no, eso nunca. Por eso el día que la niña de Baldovina, la niña que sonriente montaba sobre Chumin para ir a la tienda por leche y golosina, dejo de visitarnos, nos sorprendió por igual. Cuando ella se fue abruptamente de este tiempo, a nosotros nos causo tanto dolor como las lágrimas que ya caían de los ojos de Baldovina. Pronto los vecinos llegaron en oleadas para intentar mitigar el dolor de la madre, pero es difícil entender un dolor de aquellos, cuando una madre nunca debería enterrar a un hijo. Mas luego cuando el dolor empieza a invadirles el cuerpo, es como agua estancada que hecha a perder la razón. Solo así podría explicar el después. Pues, luego luego ellos empezaron a quitar su mano que nos consentía para alejarnos. Baldovina salía de su casa con los ojos llorando, dando alaridos como bestia herida de muerte. El dolor se transmutó en miedo, el miedo germino en odio.


Los rumores empezaron a surcar los aires. Eran silabas en voz baja, inmundas vociferaciones como el ambiente que rodea los hogares marginados. Es mas fácil encontrar el mal afuera de nuestro hogar, sin saber que desde hace tiempo nos habita. La niña había padecido de una fiebre que no hizo otra cosa que quemarle todo por dentro. Acostumbrados a tratar los problemas como menores, Baldovina al tercer día de trapos mojados con agua de canal, dio la urgente suplica de ayuda. Era ya demasiado tarde para la pequeña, que deliraba en otros mundos, con sus parpados bien abiertos, una mirada siempre hacia arriba, buscando algo en la luz que la mantenía en paz. Después, desapareció. El pópulo desconcertado por lo fulminante del juicio, buscaban razones, se ejercieron las mas novedosas teorías científicas, se veían las cámaras entrevistar a los vecinos de Baldovina, quienes con la piel curtida, respondían con nuevas interrogantes a la repentina muerte de la niña. Pronto prohibieron los padres dejar a sus niños jugar en la calle. Las calles se volvieron desiertas, solo quedaban algunos viejos que andaban en bicicleta por limones, y doña Baldovina que caminaba descalza afuera de su patio, con el mismo vestido que cuando cuidaba de su hija, sus manos arrugadas con intenso olor a trapo húmedo, las ojeras tan marcadas como su trance, fuera de si mientras el sol no mermaba en su azote matutino, la pobre sudaba a torrenciales, sus ojos se perdían junto a un ligero balbuceo cuando, volteo a vernos al árbol con un recelo nunca antes visto.


Así era la tarde silenciosa que nos reunimos como los otros dias que las chicharras maldicen su existencia debajo del pino salado. Hay veces que el silencio funciona mejor que mil palabras para explicar un sentimiento. Así es como estábamos el Chori, Camila, y el buen Chumin, cuando los vecinos comenzaron a salir de sus hogares al unísono, salían sin tener obvia razón, tan fuera de la rutina que te brillan en su novedad, un desfile de carne que crecía en tamaño recogiendo a los humanos a su paso. El sonido del desfile se sofocada por la tierra suelta. Los escuchamos a lo lejos, pensando que se continuarían de largo como en las procesiones a los muertos al cementerio, continuamos como siempre en nuestra platica, cuando un hombre de barba oscura se nos acerca, levanta su mano con el puño enfundado, arremte con un sádico machetazo debajo de la nuca de Chumin, un crujido espeluznante y un gorgoteo, hasta que sus patas simplemente se desplomaron.


Enseguida la turba explotó en nuestra contra. Los aullidos pronto dominaron el espacio, ajusticiándonos como los culpables del homicidio de la pequeña y los ya ahora varios pequeños enfermos. Buscaban una victima con quien desahogar las penas que castigan sus dias. Desde ese momento, con la sangre de Chumin derramada sobre la tierra quebrada del Santoral, nuestros destinos quedaron sellados en una persecución zoofóbica. De un momento a otro, la armonía de las banquetas y los árboles se volvieron un peligroso laberinto de concentración. Lámparas mercuriales encendidas desde medio día buscando con su alo la cola de nuestro correr. No hubo nadie, sin distinción de raza o color, que no fuera perseguido por los inquisidores.


Huimos enseguida por la calle mientras el escenario se convertía en segundos en una horrible pesadilla. Ladridos de dolor se alzaban al espacio desde todos lados de la colonia. El humo levantando una ligera lluvia de cenizas. Un denso aire con olor a coágulos de sangre revoloteaba mezclado con el polvorín de las calles, mientras mis piernas continuaban por ese largo corredor hacia el dren, donde por pura acción natural convení que podríamos bajar hasta el puente de madera y desaparecer al llano de escombros.


Ninguna sombra parecía querer participar en mi ocultamiento, evitando ser condenados por complicidad, árboles que preferían ver desde lejos por donde todos corríamos despavoridos para no ser ejecutados por el hacha ejecutora. Pero pronto me di cuenta que mi sombra era única, que mi carrera era solitaria, que en algún punto mis compañeros habían quedado atrás. Me devolví por entre los escombros, subí una loma para intentar oler la presencia de mis compañeros. A los lejos divisé una enorme nave custodiando la frontera entre el llano y la zona residencial.


Me escondí detrás un ramudo matorral colmado en espinas, sin alejar mi mirada de aquella desconocida aeronave. Logré notar cuando a los lejos de la nave descendieron unos seres vestidos completamente de blanco, irradiaban un ligero brillo lechoso de sus extremidades. Eran lentos en su caminar, volteaban unos con otros, pero nunca vi una boca por donde se comunicaran. Tenían un ojo cuadrado sobre una válvulas por donde supuse respiran. Desde la última calle vi cuando venían caminando otros dos de esos, traían una larga vara donde en su punta noté un bulto arrastrarse. Al agudizar mi mirada, estupefacto reconocí como tenían del cuello a uno de los míos. Sin misericordia lo arrastraban por el asfalto. Él apenas y gemía, seguro el aire lo había abandonado para evitarle mayor sufrimiento. Lo manejaban como si fuera un trapo, sus pies aguados, sin cartílago que sostuviera la carne expirando. Cuando se acercaron a la nave, adentro pude notar a varios otros, encontré en sus ojos la desdicha creciente, la desesperanza que enterraba a sus ojos detrás de las barras. La impotencia me invadió mientras una lagrimas empezaron rellenar mis pozos captores. En esta inmundicia, sobre el caos en el que me escondía, allá a lo lejos se llevarían para siempre a Choris y Camilas apresados injustamente, a un lugar tan lejos por donde los volcanes, donde no se sabrá nunca la capacidades y terrible creatividad para llevar un cuerpo lentamente a la muerte.


Era tanta mi ira, que no daba cuenta que mi mandíbula se apretaba ferozmente, que desde mis entrañas entonaba ruidos, que en un ambiente tan lúgubre y desolada como aquel terreno custodiado por mudas antenas eléctricas, mis ruidos eran la única musica del lugar. Repentinamente, uno de los hombres de plástico vira hacia donde me escondo, llamado por la atención de un ruido perdido, el quebrar de uno de mis colmillos, el roce de mis patas con el piso, un algo por la que prende su lámpara de mano de intenso fulgor, un rayo que quemando todo a su paso, me buscaba entre las bolsas de basura putrefactas, entre muebles abandonadas, desechos tóxicos de una mediana empresa y las llantas que forman un bosque atroz. Los otros dos hombres que ahora pateaban el bulto inmóvil, convienen en seguir a su tercer compañero en la caminata hacia las colinas donde me encontraba enterrado. Su paso solemne parecía guiado por mi presencia, como si de todas las posibilidades de caminos, el mío había sido dentro de todo el único y lógico camino para encontrarme. Su lámpara revoloteaba de un lado a otro, cortando a raz la luz de la luna y el suelo. Apreté mi cabeza a mis hombres, prepare mis piernas para la inevitable explosión del encuentro, pero del otro lado se encontraba mi lado mas feroz, el que pronunciaba violentos discursos de ataque, de cruel venganza por la injusta persecución de los míos. Esos hombres de blanco no eran mas que un engaño a los ojos, no tenían nada de santos, sino era tan solo una manta que protegía los ojos de un ser todavía mas malvado. Ya cuando la cercanía se hacia incontenible, cuando su mano estaba al alcance de mi mordida, me invadió un instinto que me empujo afuera, preferí en correr sin pensar, en alejarme lo mas posible de toda la ola de actos que pertenecían a ese día. Sus gritos de avistamiento fueron poco a poco quedando sordos en la lejanía, pues corría como uno pocas veces logra, una carrera para alcanzar la velocidad de la luz y acelerar todo el mal sabor que este episodio significaba. La memoria se cristaliza en gotas que van quedando en el camino, los personajes de mi familia que quedaran apenas grabados en fotografías memoriales. El olvido del tiempo, la casa abandonada, la noche que empieza a clarear, el exilio de un ahora forajido, que no tendrá otra forma mas que continuar su paso hasta el final, preguntándose a veces, como es que todo tan repentinamente cambia.


Niñ@s y Niñ@s





El día de ayer oía con sorpresa para un México en su mayoría conservador, como el tribunal máximo de la nación daba aval ha las parejas homosexuales para no solo contraer matrimonio, si no la adopción de infantes en la Ciudad de México.


Justo después del trabajo, a eso de las 10 de la noche al llegar a casa de mi abuela, como siempre fui recibido con saludos sordos debido a que la matriarca familiar se encontraba concentrada en el final de la telenovela. Ya acabado, me abrazó con cariño y me apapachó. Dejé el televisor corriendo, hasta que llegaran las palabras de su máximo noticiero nocturno. El debacle de una gran ola la veía llegar como un mar que lejano pronostica un tsunami.


Por una votación contundente en el Máximo Tribunal de Justicia , 9 a 2, se afirmaba la constitucionalidad de la adopción de niños por parejas homosexuales en la Ciudad de México. Mi abuela miraba estupefacta. Ojos diminutos para entender la “ barbaridad” que estaba reglamentándose en el país.


Preferí no opinar mucho, mas por ser tan neutral en el tema que bien podría considerarme a favor de ello.


La argumentación de los jueces en turno me eran sumamente convincentes. Se constató que en un país donde se busca la equidad, juzgar a una persona como inferior para un derecho solo por su preferencia sexual sería enteramente discriminatorio. El mal-uso de un prejuicio, en el que la mayoría se fundamenta para argumentar que un niño educado por una pareja homosexual lo influye negativamente. Aquello es sin duda un argumento vacío, que no cuenta con una investigación que pueda sustentarlo.


Debajo también esta el pensamiento oscuro de una perversión sádica que podría ser ejercida por los homosexuales ( que sin duda la gente generalmente usa la imagen de una pareja hombre-hombre, cuando al marcar que es también en una relación mujer-mujer) en el cual, ellos abusarían de los niños para enmarañarlos en lo que muchos consideran una enfermedad.


Mismo dato que los jueces rebaten con datos. En el proceso de adopción, ni parejas heterosexuales ni personas divorciadas o en libre concubinato, pueden tan fácilmente adoptar a un pequeño. Para un proceso de adopción se necesita pasar por un riguroso proceso de investigación del adoptante, tanto de su capacidad financiera como mucho mas importante de su capacidad emocional y psicológica para educar al pequeño. Al final del largo papeleo, estará a decisión a un juez decidir si el niño queda legalmente en las manos del adoptante para su crianza.


Con la legalización de la adopción por parejas del mismo sexo, entran legalmente como todos al mismo proceso de investigación para que, después de averiguar de su capacidad financiera y psicológica, un juez pueda decidir de su capacidad para adoptar.


La capacidad o no de una persona para mantener una relación y una familia, creo que no tiene que ver con la preferencia sexual. Como un juez cuestionó, bajo la barrera natural de que de una pareja homosexual no existe la posibilidad de procrear, entonces queda mas que claro que todo homosexual viene de una pareja heterosexual. Entonces queda desestimada la idea de que las parejas heterosexuales crían niños heterosexuales. Y creo por mucho, por la complejidad de los seres humanos, que de igual manera no se puede generalizar que todos los niños educados por homosexuales tendrían a convertirse en homosexuales.


El juego del debate se yergue en quienes son capaces de ofrecer felicidad a un niño. Los argumentos liberales y conservadores habrán de chocar como agua y aceite. Pues la concepción de cada grupo es justa, solo que a veces las discusiones no se logran conllevar a cabo cuando los ánimos se calientan. Cuando dejamos que el corazón rija sobre la razón. Y empezamos a minimizar que parejas “normales” golpean a sus hijos, mujeres que inician a sus hijas en la prostitución, padres que abandonan a sus hijos, que sacerdotes lleguen incluso abusar de ellos. No hablo por todos, pero lamentablemente estas cosas pasan.


Nadie tiene la capacidad de regalar felicidad a las personas. Si acaso podemos dar herramientas, nuestra justa y autodeterminada función de ofrecer casa, comida, vestido, la mejor educación y amor a las personas que nos rodean. Pero aun las personas que tienen todo esto, puedo garantizar que la felicidad no esta allí.


La felicidad cada quien habrá de encontrarla en su propio y único camino. Aquellos niños puestos en adopción son niños abandonados por justas razones por parejas heterosexuales. Creo que desde este punto podemos pensar que ellos no quisieron o pudieron proveer todos lo que una crianza necesita. Ahora que los homosexuales quieran llenar de amor a esos niños y talves motivar a su felicidad, por que dudarlo si no sabemos?

Desfile de animales

Nadie podrá parar tu vuelo.


Las lágrimas que silenciosamente derrama tu madre secan tu apetito. Se escuchan las gotas raspando por su piel, rechinando por los finos vellos detrás de sus poros, ensuciando de ruido las esquinas con su espacio circundante. Esta será otra noche sin que toques el plato con gelatina de piña. Te aprietas la sabana a la piel, cubres la mitad de tus ojos para mirar la realidad a medias, te imaginas que es una capa impermeable que no permite la entrada de las radiaciones de corazones ajenos, viejos corazones de uranio. El doctor llega de bata blanca, toma su termómetro y lo inserta en tu axila, verifica tu temperatura corporal, enciende la luz para navegar por entre tu ojo. Miras sus facciones transformase entre la bruma de la duda, incapaz de comprender tu tos que expide plumas al aire. Ligeras, suspendidas en el espacio, meneándose suavemente como al son de una canción muda. Hermana las mira silente con la sonrisa pintada a su cara. Madre la pellizca colérica, el doctor se acerca y le muestra una placa negra donde tus huesos están impresos; incomprensible para la ciencia las mutaciones que sufren tus omoplatos, mama no aguanta las explicaciones y libera un sollozo escandaloso, de inmediato lo ahoga en su solapa para no contagiarlo. La miras de reojo con algo de pena, con una ternura de madre intentando explicarle a su hijo que toda mascota al final se libera en la muerte de su prisión.


Son solo plumas. ¿Por que tanto alboroto? Como si nunca las hubieran visto acomodadas bajo sus cabezas sonámbulas. No te arrepientes, claro que no, quien podría arrepentirse de buscar la cima del mundo. Miras el techo lechoso, tan blanco como las nubes que vuelan alto, bien alto, esas nubes pomposas que se la tiran de magnificas, esas mismas que ese día intentaste derrocar.



Siempre te dicen, no lo hagas que te vas a lastimar, sabes que te quieren transmitir sus propios miedos caramelizados en fracasos, tu pelas miedos con la mano.


Bájate de allí, ni que fueras chango- te reclama tu madre.


Pero no escuchas ni pío, mula terca. Como el día en el kinder que te fuiste vestida de paloma. Cuando la maestra arrugadita repartió los animales para el desfile; sentiste un alivio por ser paloma blanca. Bendita tu suerte. Pobre de Dieguito el cochi, de Martina la pescadita, de Ramiro el león. Es que en esa rifa se decide todo el futuro, una vez repartidos los roles nos predestinan a cumplir con la función. Es obvio que Diego es el cochi por gordo, por que en verdad se atasca las tortas como si fueran las últimas del universo, desesperado porcino, y Martina siempre huele a sudor, en verano le salen escamas de la piel y expide ese olor a nosé que de las pescaderías, y Ramiro el peleonero, seguro terminará como golpeador de mujeres. Por lo que te hace pensar del rol animal que le repartieron a la niña que en el futuro será su mujer, una gacela , seguro que sí. Pero tu eres paloma blanca, ni gris ni nada, aunque no te caigan del todo mal, por que al final todas vuelan cuando la cosa se pone fea ,vuelan y se postran sobre los cables a wachar. A wachar y cagar.



Ese claro día te vestiste con sumo honor, empezando con los calzones blancos nuevos de paquete, camiseta interior debajo de la camisa de botones de la primera comunión, unos shores blancos para el calor, calcetines desenvueltos hasta la frontera de la rodilla, tenis recién lavados con jabón, agujetas tan blancas como los dientes de los que anuncian pasta de dientes, alas de cartón con plumas de papel de china blanco agarradas de un mecate sobre tus brazos. Mama armó con tela la cabeza alada con pico de visera. Nombre, eres la cosa mas hermosa del planeta, hasta te amarraste una pluma que encontraste en el jardín, olvido de una palomita que siempre llega a picotear bajo el yucateco gigante.



Nada malo te habría pasado, ni antes ni después del desfile de animalitos deshidratados por el calor, si después de la foto que tomo mamá, después de todo el viaje de regreso, si papa hubiera ido al desfile, si mama no te hubiera dicho de la forma mas amable que podías quitarte tu disfraz de paloma blanca. Te invadió una indignación, una cólera que muchos médicos determinaron extinta en el siglo XIV, empezaste aletear con el carro andando, aleteaste duro y gritaste mostrando tu negativa, pateaste determinantemente el tablero y se tiraron todos los papeles de la guantera. La ala izquierda cundía el espacio violentamente, tanto que en uno de sus aleteos pinchaste con la punta el ojo derecho de mama y allí fue cuando estalló la cosa. Una palma voló directo contra tu mejilla, un regaño intolerante, las lagrimas que no se dejaron esperar. Escurrieron hasta los mocos. Sobrevino tu primera etapa de enmudecimiento. Aunque dolieran las lagrimas cuando caminaban por tu mejilla rosada, no dijiste ni pío.



La resistencia se instaló en casa. Ninguna palabra de resignación ni protesta salían de tu boca. Durante las comidas, usando la cabeza de pichón con visera de pico, comías carne y arroz con agua de tamarindo. Papá por momentos intento complacerte, comprarte con regalos como todos los padres hacen cuando no saben resolver los problemas. Pero el problema era mucho mayor que todo lo que existía en la casa.



Durante los atardeceres sales a pisar el césped con los pies descalzos, a una hora exacta donde el sol pinta de amarillo el cielo. Aparecen los primeros vientos que enfrían el sudor de las paredes y las plantas. A esa hora empiezan a volar un montón de pichones de todo el mundo, vuelan unos detrás de otros en circulo como cazas de la Segunda Guerra Mundial, en caída y recogiendo el vuelo hasta llegar a los cables de electricidad. Como citados, uno a uno llegan a ese punto, a esa hora, todos puntuales.



El árbol yucateco siempre ha sido majestuoso. El mas grande de todo el jardín. Su blanca piel se separa en gordos brazos por donde es fácil escalar. Parece como si sus hojas quisieran llegar hasta donde las nubes descansan. Y los pichones que sobrevuelan esa línea punteada negra que espanta la oscuridad. Volteas con la nuca doblada al máximo, miras el cielo caminar sobre de ti. Los parpados dejan de funcionar mientras succionas violentamente todas las imágenes sobrevolándote. De repentino corres adentro por el pasillo, pasas por donde tu padre mira inmóvil el televisor, por donde tu madre habla amarrada al teléfono, corres sin parar hasta que entras a tu cuarto. Abres el primer cajón de arriba, remueves la ropa y no hay nada blanco. Abres el segundo y notas que se repite la cuestión, en el tercero, el cuarto. Abres tu ropero y desesperadamente tiras cada prenda al suelo, interrogándolos por respuestas, implorando que culpen a quien ya sospechas. Los peores temores parecen materializarse, cuando ni entre los blocks ni los peluches esta tu cuerpo de paloma. De nuevo las lagrimas empiezan a surcarte la cara, pero tu mandíbula no parece estar satisfecha, endurecida como el hocico de un pitbull, no pasa otra cosa que explotas en un rencoroso alarido desde tu cuarto. Cuando llegan tus padres, solo miran tu cuarto volteado patas pa´rriba. Los ves con un rencor, ni siquiera esperando de ellos el mínimo de confesión, no es necesario, no es necesario encontrarles culpabilidad a una conspiración que empezó desde cuando supiste que no eras humano, sino alado.



Te levantas sin dejar de mirarlos en ningún momento, sin oírlos en ningún momento, por que algo te dicen, los dos desesperadamente amarrando palabras huecas para justificar una duda eterna. Esas ya te las sabes, sabes quienes roban tus dientes y dan boletos de camión a tus perros. Sin esperar, corres directo hacia los dos cuerpos que te dieron vida, por entre sus piernas con tanta fuerza que no les es posible detenerte. Corres de nuevo pasando por el teléfono descolgado y el televisor encendido. Corres por el pasillo hasta afuera pisando el césped. Al pie frente a ti las enormes patas del árbol yucateco, árbol prohibido por razones nunca expuestas. ¡Bájate de allí ni que fueras chango! te decían con una fuerte nalgada. Levantas tu mirada y miras las nubes rascando su barriga con la punta de las ultimas hojas. Con tus manos tomas el brazo menor del yucateco, comienzas tu ascenso con el pie derecho, y jalando subes tu otro pie, subes al cuerpo y asi pie por pie, pedazo por pedazo subiendo por los niveles del yucateco te alejas. Poco a poco se va quedando lejos la tierra media de los hombres y te acercas hasta el reino de las nubes.



Tus manos se aprietan a las ramitas, las jalas para impulsarte mas y mas, alejándote por kilómetros de esa casita que sujetas con los dedos. Un par de pichones miran desde el tendedero la inusual pintura del árbol y la niña. Codea a su compañera para que mire tan curiosa hazaña. El chisme corre con el viento. De la nada todas las palomas miran, cuchichean, auguran, algunas ya vuelan emocionadas apostando por estadísticas sobre el resultado de aquella sorpresiva actuación, mientras pasas por entre las ramas que empiezan a tupirse. Con la cabeza truenas la telaraña de madera, avanzas sin rumbo buscando silabas de luz entre una sombra expansiva. Tus manos ciegas que se sostienen por ramas cada vez mas delgadas y crujientes. Los huesitos del árbol se desquebrajan con tu peso, apenas soportan tu misión suicida. Al final miras la luz que abre la puerta a las nubes, lo lejos queda ya cerca, tan solo falta alcanzarlas con la mano, subir a ellas y dejar que te lleven a donde sea que viajen, levantas tu mano, enderezas el dedo índice para rasgar su orilla, a milímetros esta todo, la rozas tan pronto como te alejas, que quiebra el silencio con miles de ramas intentando detenerte, tus ojos viendo las nubes alejarse de ti, el túnel desbaratándose ante tus ojos, tu cayendo al vació hasta las fauces de la tierra.



Tus padres llevan media hora dando vueltas en el automóvil. Cruzan cuadras con sus miradas atentas a las banquetas, a las caras , entre ramas y personas. Llamaron a la policía, preguntaron a los vecinos, a los jardineros, al hospital y ingenuamente al carcelero. Madre recrimina en llantos al padre, el mira la calle con el volante en mano, recrimina a su hija, se deslinda de su esperma, se deslinda de su descendencia. Llegan a casa.



Las palomas picotean debajo del árbol yucateco. Llegan por miles de todas partes de la ciudad, aterrizan justo debajo del tronco donde se unen al mitin. Te encuentras sumergida en una pasmosa oscuridad, iluminada apenas por chispas de luz entre mosaicos. Nadie en tu cuerpo responde. Escuchas voces, oraciones intentendibles, suspiros en voz tenue, sobre de ti, por ti, para ti.



Tu madre entra consternada, voltea mirado el montón de palomas amontonadas, moviéndose unas con otras; nunca había mirado tantas en su jardín, nunca había notado el ruido que hacen cuando están juntas, nunca imagino ver tu mano desplegada sobre la tierra, tus dedos inmóviles, palomas que siguen bajando del cielo. Grita corriendo, se tira a tu cuerpo sin que eso perturbe a los alados, avienta su brazo para removerlas de tu cuerpo, al fin ve tu cara, con los ojos abiertos, la cabeza perpendicular a la tierra, sin moverte, sin palabras que responder a sus suplicas, como parte de la campaña del silencio que aun cumplías.



Los siguientes dias han sido largos, pero con un cuarto de tono helado. Eso te ha traído paz. Hermana duerme en el sillón y mira las caricaturas la mayor parte del tiempo. Mama y papa llegan, te miran y besan las mejillas, hablan entre ellos en secreto y puede oírse por momentos sus discusiones en el pasillo. Doctores llegan y se van. Miras la ventana y de vez en vez te sorprende la claridad del vasto azul, te sorprende mirar palomas en la orilla. Llega otra y sigue otra. Las tres están inmóviles, no aletean ni mueven sus patas por la angosta orilla detrás de la ventana, solo te miran fijamente. Esto no te asusta, cosa que te sorprende por la rareza de los tres animalitos mirándote. Miras alrededor y miras a tu hermana dormida. Hermana, hermana, empiezas a gritarle. Tu hermana se levanta asustada , te mira y pregunta la razón de tu llamado. Le dices que estas algo acalorada, que si de favor podría abrir la ventana un poco. Ella se levanta del sillón, descalza da dos pasos por el pálido mosaico del cuarto y abre las ventana causando que dos palomas se alejen por el cielo azul. Ella, atolondrada por alguna pesadilla, regresa automáticamente al sillón ,se deja caer de boca para continuar su sueño. La paloma restante estira sus patas en pequeños pasos laterales hasta quedar frente al espacio abierto. Gira cabeza de un lado al otro, como girando el cuadro que contiene tu retrato acostada en la camilla. En dos aleteos se acerca hasta el barandal de la camilla donde estas recostada.



En una oficina marrón, cuelgan colguijes con marcos sobre papel impreso, un escritorio con tinta de oro muestra al doctor intentando explicarle a tus padres los procedimientos a seguir. Aquella solloza apenas entrecortando para aspirar algo de oxigeno que funciona como combustible para mas y nuevos sollozos. El padre lo mira hasta perderle la pista de sus palabras. Entiende la situación de una operación medica, de la imparable ascenso de números y cuentas por jeringas y honorarios, del futuro endeudado que le promete un doctor con una sonrisa malévola. Pero que mas le queda que un amor forzado, aceptar el inevitable paso accidentes, sin otro objetivo mas que cambiar el rumbo de la normalidad.



Los pasos de tus padres son lentos, fraccionando el paso del tiempo como si fuera capaz de impedir el paso de la camilla, del oxigeno entubado, del suero inyectado, del bisturí que se postra contempleando el vacio de una camilla vacia, del aire que mece el cabello de una niña durmiendo con el canto de una televisión prendida, con una pluma que flota sobre una paloma que mira el tumulto con sorpresa.


La Historia Sin Fin

Asentada la madrugada, una idea te llega corriendo, se forma en un personaje con una gran hazaña por cumplir. Dejas de inmediato la cama y corres por el pasillo hasta tu computadora. Eran las 3 o 4 de la mañana. El frío todavía surcaba por el cañon formado entre las teclas.


Poco te importó. Comenzaste a escribir del personaje ese, comenzaste en un frenesí de letras a formar el inicio y la forma de sus futuras aventuras. Continuaste sin casi pestañear, hasta que estabas cierto que habías terminado el primer capitulo. Respiras un poco y apunto de continua te das cuentas que has olvidado donde quedo tu personaje. No recuerdas de donde viene ni nada que tenga que ver con la historia.


Así que devuelves el cursor al inicio y relees el recién escrito, lo recuerdas con todos los detalles, tanto que apunto de continuar,


Te das cuenta que no has escrito nada.

No te drogues en la orilla

Eso me dijo un chamán, no te drogues en las orillas por que descubrirás
que todo esto es una farsa. Desde ese dia evito todo tipo de orillas,
comenzó con los acantilados, la orilla de los edificios, nunca pero nunca
fume un cigarrillo de mariguana en un lugar asi, después evité las orillas de
la barra cuando tomo cerveza, evito la orilla de la banqueta cuando
fumo un cigarrillo, me alejo de la orilla de una almohada cuando
veo televisión, olvídate de una rebana de cheesecake con una orilla
tan desagradable, y bueno aquí me tienes enmedio de un lugar sin orillas,
por que no se que haría si descubriera que todo esto es una farsa.

Dark Room

Un par de gays enamorados del sexo, decidieron pintar de negro un cuarto
de su casa.

No avisaron a nadie, a ningún color del tapiz ni a las velas, tampoco a las
persianas marrón ni al piso de madera. Un dia nomas llegaron con rodillos
y una charola de pintura negra, remojaron las brochas de oscuridad y
fueron matando uno a uno a los colores.
Les arrancaron los ojos, despedazaron los brazos, les cortaron la lengua,
a todos sin misericordia.

Terminada la masacre, abandonaron el cuarto.


Paso el tiempo y el cementerio de colores paso a ser un cuarto para orgías
en uno de los bares mas famosos de San Francisco.

Cultivos de Temporada


O que maravilla es el oficio de la agricultura. Frotando cariñosamente la tierra donde crecen frutos que nos alimentan. Que de las lagrimas del cielo riega el polvo que nos mantiene vivos.


O que tanta vida le dedican quienes la trabajan. Hombres de largos silencios que miden el tiempo con el reflejo de las sombras.


Maíz en el verano, rábano con frambuesa en primavera, calabaza hervida en las tardes melancólicas de otoño. Caminando por el campo no hay mujer u hombre que ande con la barriga vacía. Levanta la mano y arranca el fruto de los árboles. Chupa el néctar de las flores antes de que la zumben las abejas, muerde los brazos de una zanahoria y veras que ella se muere de placer en tu boca.


Pero ahora son tiempos difíciles. Llego el alambre y comenzó el hambre.


Pronto las tierras se cercenaron, se vendieron como putas de cantina, indiscriminadamente abrieron sus piernas, le dieron, la violaron uno tras otro, ni sus suplicas detuvieron la salvajada que dejo a la tierra llorando en la esquina.


O que piensas campesino, cuando miras la temporada montada sobre las nubes. Sin semillas de vida, sin tractos que aren, con vacas flacas que caminan sobre un polvo quebrado.


Sin otra opción, o que hará el agricultor para sobrevivir, si la tierra lo mira con ansia de sus caricias, o agricultor que te empujan a los limites de la decencia, sin otra opción, o siembra hierbamala o siembra pánico para sobrevivir la temporada.


Agujeros en línea ven el lento paso del huarache, sembrando pánico semillita por semillita, midiendo al tanteo la distancia para que no cunda el pánico, solo para una cosecha rápida de invierno, solo lo suficiente para vender en el pueblo por queso y tortillas.


El pánico es noble, hierba cueruda que ni el sol ni la noche son capaces de mermar.

O acaso unas lágrimas de miedo con gritos de terror son lo suficiente para que germinen los primeros tallos de la mata.

El agricultor regresa de la oficina de federal de Agricultura, cabizbajo sin comentar mucho a la hora de la comida, verdolagas con pichón de monte digieren su moral, no siente nada por sembrar pánico en la temporada, en sus uñas se vislumbra la orilla manchada de sangre.

Selección de Fútbol, parte del gabinete presidencial.



Unas horas antes del último vuelo a Alemania, el chofer de Javier Aguirre vira en Juárez para rodear la explanada capital y estacionarse frente a Palacio Nacional. La guardia nacional lo espera, abren la puerta del automóvil por donde los zapatos lustrados del entrenador nacional salen, camina erguido, sin un móvil de nerviosismo, casi como si conociera el camino con los ojos cerrados. De la reunión poco sabemos, aunque si saliera con la bandera enredada al cuerpo serian menos cínicos, sabemos que el resultado de la selección en el mundial tiene el completo apoyo del gobierno, algo así como tema de seguridad nacional.


El fútbol es el deporte mas popular del planeta. El mundial de fútbol el evento mas visto del año. No solo influye en el tema deportivo, sino en el cauce de las victorias o derrotas de los equipos, influye en la moral de un país.


La esperanza de un país se yergue en un equipo de 11 elementos. Los presidentes hacen llamadas directas a los celulares de sus entrenadores, invitan a los capitanes, a los goleadores a una cita en privado con el presidente.


“ Ustedes son la esperanza de una nación” les enfatizan, “ no le falles a tu pueblo, eres su héroe”


Porfirio Lobo, presidente de Honduras esta mas que atento en la sorpresa que podría dar su selección ante Chile. Por primera vez desde que entro al poder, nunca había existido tanta paz en su país, por primera vez sabe que si el milagro se cumple, él podría gobernar Honduras con menos preocupaciones de legitimidad.


El entrenador de Corea del Norte, Kim Hon jun, ante la rueda de prensa se sienta junto a un representante de la FIFA y un comisario político. Antes de que empieza la rueda de prensa, el representante de la FIFA advierte, nada de preguntas políticas, solo deportivas.


La primera pregunta es “- ¿Quién hará la alineación contra Brasil? ¿Usted o el presidente de la República Democrática del Pueblo de Corea (RDPC), el señor Kim Jong-il?


Crea un desconcierto en la mesa principal, para lo que el representante de la FIFA responde colérico, advertí, NADA DE PREGUNTAS POLITICAS.


Claro, el equipo abre contra Brasil, favorito a perpetuidad de un mundial. Pero eso no evita que el equipo de Corea del Norte, bajo la sombra del gran hermano, su alteza Kim Jong II, prometa la victoria ante al favorito sudaca como agradecimiento al apoyo de su gran líder.


Mientras el presidente de Grecia, Papolos Karoulias, mira tenso la derrota de su selección ante Corea del Sur. No podría ser peor momento, como si la ley de Murphy se burlara en su cara, de un país que va a la ruina, los ánimos de una ciudadanía violentada por la crisis económica, las huelgas, los bonos basura, la especulación despiadada, la selección que esta lejos de ser esa gran defensa que prometió en la Eurocopa.


En América Latina, continente adoptivo del fútbol, todos esperan lo mejor de sus selecciones. Los políticos no tanto por su amor al deporte, sino por el futuro de sus gobiernos. La argentina Cristina Kirchner podría devolverse a las sendas populares si su santidad Diego Armando Maradona obtuviese la copa. El presidente Calderón hasta asistió en el partido de inaugural, muy al estilo Nelson Mandela cuando unió al país bajo el rugby. Todo lo que sea para drogar un país, para que olviden al menos por un mes del desastre donde vivimos.


Para Lula da Silva, una senda de victoria de su selección es el empuje que necesitan para de una vez por todas exaltar la década maravillosa de Brasil bajo su liderazgo, ayudando al partido oficial en las elecciones presidenciales a celebrarse a mediados de esta año.


En la Casa Blanca, Barack Obama pregunta a su asesor que influencia tiene su equipo en la imagen política nacional, la asesora pregunta sorprendida, “Are we in the World Cup?


Nicolás Sarkozy mejor ni interviene en el equipo galo, peor le iría andar apoyando al esotérico y malquerido DT Doménech. Mirar desde lejos la caída del equipo sin que se lleve entre las patas al gobierno entero.


El polígamo presidente de Sudáfrica, Jacob Zuba, traspasa en una reunión en privado con Joseph Blatter, su preocupación por el partido inaugural ante México, el futuro de todo el continente esta en este partido, la seguridad del Mundial pende del partido. Blatter le confieren, despreocúpate, todo se solucionará positivamente.

Personajes misteriosos de los países africanos en el mundial, prometen premios monetarias a los jugadores que metan goles ante sus adversarios, que derroten a Messi y a Cristiano Ronaldo, un gol que calme las ansias de países inmersos en pobreza extrema y corrupción. Un gol puede significar una rebelión menos. Que mas da despilfarrar millones de dólares en apuestas deportivas.


Son gastos públicos para una política saludable.


La Ceremonia



Al alquimista



A la espera de los últimos 50 metros, comprendió que su hermano lo había olvidado. No era la primera vez que lo hacia, tantas veces esperándole afuera de la escuela, saliendo del cine, en el baño de casa de su novia, solo quedó el pobre, apachurrado en las gradas sin una sombra con quien platicar. Lo peor era que esta vez la ausencia de traje de baño negó cualquier intento de chapotear; a lo lejos la mirada militar del salvavidas custodiaba las instalaciones contra cualquier intruso, robándole cualquier posibilidad de nadar en calzones. Un sentimiento de resignación invadió su cuerpo, esperar ya no era una opción. Voltea a la derecha. Voltea a la izquierda. Tardó un poco en pensar, armar el plan de escape, alejarse a como de lugar de ese gran lago donde su hermano entrenaba, huir, abandonar por siempre aquel aburrimiento. Mira detrás de su hombro a un ligero viento que a lo lejos mece las hojas de enormes eucaliptos bajo el sol. Se convence que no tiene sentido esperar a su hermano sumergido en una carrera sin final, se levanta y camina hasta el final de la grada vacía, baja a brincos del inmueble y entre saltitos cruza por los charcos de la loza evitando a como de lugar que el chapoteo de sus dedos fueran a llamar la atención. Pasando el arco de las regaderas, última frontera, nota un agujero en el enrejado color verde. Imagina al cerdo salvaje que corrió despavorido por entre los campos y con su fuerza dejo aquel enorme agujero.



Se le dibuja una sonrisa en la cara, vislumbra su propia salida, escapar por aquella ventana abierta a la libertad. Acerca su mano para levantar las afiladas puntas de metal, evitar su notoria intensión de acariciarlo. Alza un pie al aire y sosteniéndolo un poco, tuerce la nuca empujándola en una curva perfecta hasta llevar su cerebro a comprender que está del otro lado; sabia que la parte mas difícil venia con su espalda, puesto que sus ojos un poco perdidos entre el bosque de eucaliptos, habían de calcular todos los movimientos con una ecuación invisible, una métrica imaginaria que implicaba el mayor de los trabajos neuromatemáticos. Por ello se motivó al hombro derecho que retrocediera un poco para que su columna se columpiara de ida y vuelta. No era un paso fácil, le entro un miedo en el acto, pero no podía perder tiempo en armar alguna excusa ante las autoridades pertinentes si la detención se ejercía. Era ahora o nunca. La atención se centró en el pequeño dedo índice de su mano derecha que funciona como gancho de equilibrio, la base de un pie izquierdo al otro lado, mientras su otro pie se aferró al piso como al filo de un gran cañón; desconoce la existencia de un paraíso al otro lado y ¡temeroso prefiere quedarse a esperar hasta que los otros encontrasen lo que buscan. Pero tal escenaro es imposible, bien que el cuerpo ha sido educado con la regla sagrada de nunca dejar a nadie atrás. Así que la rodilla aprieta fuertemente del hombre del pie, lo mira fijamente y lo hace correr en un enorme brinco sobre las púas del enrejado.



Un silencio invadió la secuela de segundos. El asombro por la explosión del instante dejó a todos boquiabiertos, el pie tirado en la tierra con los ojos apretados, imaginando que la oscuridad significa el fin de todo, que la espalda sufrió hasta su último suspiro enganchado entre las púas del animal ferroso, que su pensamiento eran los veintiún gramos de su alma alejándose de él, todo hasta que el roce de una pluma que cosquillea sobre su lomo llama su atención, apenas entreabre un ojo, el destello de la luz acarreando un olor a eucalipto, el fondo de una pradera interminable de océano vegetal. Enseguida continuaron los aplausos y felicitaciones por su valentía, mientras la rodilla, vieja guerrera prefirió regresar a su puesto y ver todo desde lejos.



Para el pequeño, sintiéndose libre por primera vez, sus pies descalzos eran el primer contacto con un sentimiento que desconocía. La caricia de la tierra, la pasividad de los enormes troncos con hojas, el río de oxigeno que entraba por sus fosas nasales, la pureza de un mundo perdido. Era la adrenalina de los primeros exploradores, de ser los primeros ojos en ver lo que ve, un paraíso habitado por miles de seres mágicos hasta ahora sin nombre. Miraba a su alrededor el paisaje de una postal que no reconocía, pero aun así le parecía que siempre había sido suya.



A su alrededor pequeños insectos alados que se acercaban hasta la punta de sus pestañas para tener un mejor vistazo del nuevo inquilino. Revoloteaban animosos para saludar, bien sabido su volátil hospitalidad. Miles de ojos aparecieron entre los recovecos del madero, debajo de las rocas, por entre las nubes para encontrarse al príncipe que avanzada por el bosque sin premura.



Un boquete de flores lilas se levantan lo mas alto posible y muestran los pistilos llenos de miel. Las abejas se suspenden sobre ellas, seducidas y excitadas. El pequeño se acerca, tira su retaguardia al son de la gravedad y cruzando su rodilla derecha como soporte le permite en el instante del descenso cruzar inmediatamente las piernas hasta quedar en posición de flor de loto.



El pequeño acerca sus sentidos hasta las flores, un vaivoneo mareante las sacude, una abeja extasiada en un baño de champán de polen, la flore tiesa lo mira en su lecho con los ojos rellenos de amor.



A milímetros, su rodilla funciona lentamente como eclipse de luz para un hormiguero ciertamente antiguo. El repentino ocaso irrumpió como trueno a la rutina que parecía ser de horario matutina, ahora innegable vespertino; rompe las líneas de engranaje de recolección de avellanas y pétalos de león. Las antenas apuntan despavoridas por respuestas, dado que una que se detiene frena a la siguiente e así en reacción en cadena hasta de repentino que todas libres de sus labores han puesto a mirar aquel acontecimiento jamás experimentado. Una hormiga corre despavorida con la imagen bien guardada en algunos de sus tres ocelos, corre entre las demás por los túneles de la gran colonia, el camino recién reabierto ahora con adoquín amarillento , faroles funcionando a través de un ingenioso sistema de hormigas que alimentadas por una sustancia sacarosa cosechada en la colonia, daba la capacidad de arder lentamente hasta consumirse junto a la oscuridad. Por ello la hormiga corría con mayor adiestramiento, entre los cuartos comedores y salas de descanso, viró a la izquierda para bajar la gran escalinata real donde se tiene un mejor vistazo de la arquitectura helénica del hormiguero, millones de hormigas caminando a sus labores diarias, repartidores de frituras de girasol, imponentes tenazas de los drones rojo fuego dedicados a la dirección de tráfico, un gran desorden con un lujo de ordenamiento ejemplar, pero abajo nadie parece estar al tanto del fenómeno astronómico que al momento sucede en el exterior. La hormiga olvida la escalera burocrática he irrumpe en la sala de la reina. La conmoción obliga la guarda real a sostenerlo ferozmente, pero la hormiga sabiendo de su labor para con la colonia exclama.



– El quinto sol ha bajado, se ha cumplido la profecía.



Vociferaciones impregnaron el cuarto real, comensales y generales dudando de una obrera de la 37va generación como mensajera de una antigua profecía. Una situación inusual para el día, pues bien es sabido la demencia de la reina, matriarca por una centuria de la colonia, que había construido la metrópoli con el solo objetivo de la llegada prometida. La contundencia informativa no fue siquiera capaz de sacarla de su transe, hablando en voz baja en antiguas lenguas muertas que solo pocos de sus ayudantes podían interpretar.



Un repentino temblor, que luego se confirmó con un registro de 7.5 de intensidad, obligó a la colonia entera a efectuar los planes de evacuación. El tumulto salió con las patas al pecíolo, la parte mas vulnerable de sus cuerpos. O gran sorpresa para todo ciudadanos al ver afuera que la noche del quinto sol yace frente a ellos. Varias se arrodillaron en lagrimas, generales y comensales asombrados, la reina cargada por una cama de hormigas mudó al silencio. Las primeras hormigas, las obreras que fueron testigos presenciales del eclipse, ya ejercían un baile desenfrenado, girando la cabeza de un lado al otro mientras desde el tórax se mecen a una velocidad intensidad. Las primeras efusivas decidieron caminar hacia él, subiendo por una nube carnosa que les prometía la eternidad, las demás empezaron a imitar a las primeras en un acto de cataclismo. Comenzó un baile catatónico desde el ombligo, en las piernas y sobre el pezón, corrían sin control desde el hombro hasta el dedo pulgar.



Aquel cuerpo sagrado pronto morfó de color, ahora volviéndose tan rojizo como las hormigas que convenían en una celebración desenfrenada. Una hormiga llega hasta el oído del niño, dos lo toman de la mano y lo llevan al frente de la reina que lo mira con aquellos ojos que le recordaban a su madre, cariñosa le acaricia la mejilla. Acto seguido dos comensales se separan dejando ver una joven princesa hormiga con la mirada baja pero coqueta, el la mira con un resplandor de sorpresa.



La algarabía no esperó mas. El trato mas que sellado. Llego un momento en que todas las hormigas estaban reunidas alrededor, cantando y dando vueltas unas con otras. Era claro que el príncipe había llegado para llevar a la colonia a nuevos horizontes, donde quiera las hormigas los veían y doblando su cuerpo juraban su lealtad al nuevo heredero. Pronto la ceremonia se realizaba con todos los rituales pertinentes, con la mirada de millones de hormigas sobre el cuerpo del niño, madres llorando, pequeñas larvas sobre los hombros de las obreras atentos. Una ceremonia hermosa de un futuro prometedor



De la nada la ceremonia se suspende cuando llega corriendo la madre del niño. Explotó en lagrimas, lo tomó en sus brazos y apretó a su cuerpo. Lamentaba seguro que no estuvo a tiempo para su niño, que nunca recibió una invitación para la coronación.

Buffete de Palabras



En algún momento (un peda puede servir) nos preguntamos como es que una palabra empieza a moverse en el léxico popular. Pensemos en su primer momento, en su nacimiento al mundo. ¿Quién la invento? Sabrá que ahora la mayoría la usamos, que llevamos a su hij@ en la boca ¿Cobrará regalías? ¿será parte de alguna guerrilla lingüística contra el orden de la Real Academia?



Si algo es claro, es que no hay orden en nuestro lenguaje. Evoluciona. Claro tenemos las bases, las letras que pegamos una tras otra para construir palabras, unirlas en frases lo mas cercano a la coherencia diálectica.



Pero luego resulta que la forma de hablar, la “ formal” es muy difícil, complicada, llena de reglas y complicaciones que nisiquiera nos enseñan a usar. Y ante esa necesidad, empiezan a nacer palabras de la calle, vocablos que sustituyen a esas raras especies de diccionarios, y terminan por funcionar mejor para entendernos.



Los clásicos, oldies, rucos, bejarracos, paladines de la Real Academia (dicese profesores de español de primaria a universidad) pegan el grito al aire, nos recriminan como si fuéramos animales salvajes. ( como si la mayoría que habla así fuera salvaje, mira nada mas, ¿no será alrevez?)



La pregunta es, esta mal comunicarnos con cotorreo?



Por que la neta hay que decirlo, no usaríamos “esas” palabras si no nos entendiéramos. Dejaría de tener sentido pedir un frajo si un bato no lo ofrece. Para que presumir a la jaina si nadie felicita o envidia. Si te toca sacar la ranfla y llegas a patin el viernes, se va a poner fea la cosa.



Creo que las palabras tienen que existir por su uso y desaparecer por su deshuso. Si son los jóvenes los próximos reyes del planeta, creo que es justo que se nos deje adherir algo de nuestro lenguaje al diccionario general.



El miedo prohíbe, como si una palabra fuera a tomar el lugar de otra, como si aquello que tanto tiempo han guardado podría desaparecer. Al final no hay ganadores. Solo el lenguaje mismo que se enriquece. Como entrar a un buffet y tener mas posibilidades. Aprendamos a que el lenguaje también puede coexistir, no hay mejores ni peores. Hay palabras chilas y palabras sarras, palabras científicas y palabras necesarias para un mecánico en pleno jale.



La onda esta en cotorrear, tripear, vivir.



Dr. Renne Piraña.